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Quedandome solo con papa Dia 3

Mi primo y yo, desde los 13 años. Parte 4


 

Mi primo y yo, desde los 13 años. Parte 4

Diego se acercó a mí y me abrazó. No había mucha gente a esa hora en la playa, y nadie nos estaba mirando. Lo abracé también y hundí mi rostro en su cuello. Su pecho se sentía cálido y el sudor no parecía molestar a ninguno de los dos..


Un rayo de sol se coló por la división de las cortinas, impactando de lleno en mi párpado derecho. Poco a poco comencé a despertar y, al mismo tiempo, a sentir la pesadez en mi cuerpo. El brazo de Diego aún seguía aferrado a mi cintura, mi mano izquierda bajo la almohada hormigueaba y dolía un poco. Ví en mi cadera y retaguardia el líquido ya seco de Diego. El panorama bajo nosotros era peor. Las sábanas seguramente tendrían que ser lavadas más de una vez, y ya me estaba encomendando a todos los santos para que el colchón no hubiera sufrido daños también.


Disfrutábamos lo que hacíamos. El sexo con Diego era cálido, inexperto, salvaje e inocente a partes iguales. Pero nada de eso dejaba escapar — al menos en mi cabeza — la idea de que todo eso terminaría mal. Mis ideas iban y venían, galopando sobre un me gustas y chocando de lleno con un Diego se irá en cualquier momento. Sabía que podíamos disfrutar cuánto quisiéramos del cuerpo del otro, pero me aterraba la idea de necesitarlo, de extrañar sus besos y su intimidad. Temía no volver a ver el rubor de sus mejillas, ni escuchar su risa tan contagiosa. En síntesis, me daba miedo extrañar a Diego, y aún no se iba. Y es que uno nunca está preparado para aguantar la nostalgia.

No tenía como saber qué pasaba por su cabeza. Quizás sus ideas coincidían con las mías, o tal vez iban más despacio. Le gustaba, es verdad, pues el mismo me lo había confesado la noche anterior, más no sabía si de la misma forma que él a mí. Tal vez Diego solo planeaba descubrir y disfrutar el sexo hasta que tuviera que volver a la capital, dónde todo sería diferente y podría explorar — con una libertad que yo no tendría —, los cuerpos de otros chicos, y enseñarle a ellos lo que aprendió conmigo. Le gustaría alguien más y entonces amaría por primera vez , y en ese momento, se olvidaría de este pueblito costero, de la luna cómplice en la ventana, de la cama que empezaba a ser más nuestra que mía, y de mi cuerpo en sí, que también era más suyo que de nadie. Se olvidaría del verano en el que vió por primera vez un cuerpo desnudo y tuvo acceso ilimitado a el, y en definitiva se olvidaría de mi. Y yo estaría entonces batallando contra los recuerdos de Diego, y enfrentaría a la nostalgia, solo para caer rendido ante ella. Un pensamiento egoísta se había apoderado de mí; yo tenía todo para perder y Diego todo para ganar. Pensé entonces que dejar las cosas hasta ahí, antes de involucrarnos aún más, sería lo mejor para los dos.


Lentamente me escapé de su abrazo. Su respiración era larga y profunda. La mía había dejado de serlo hace varios minutos. Mi cuerpo había adquirido una pesadez diferente a la anterior; esta vez la llevaba dentro. Vi el reloj y aún no eran las 8 AM. Necesitábamos limpiar todo antes que nuestros padres despertaran, pero Diego no reaccionaba ante mi voz. Comencé a mover su brazo, cada vez más fuerte, hasta que abrió un ojo y despertó por fin. Se incorporó con dificultad. Observó la cama, su cuerpo y el mío desnudos, y una sonrisa de orgullo se dibujó en su rostro. Sus ojos se encontraron con los míos. No pude aguantar su mirada, así que bajé la mía.


— Que pasó con lo de despertarme con un beso como en las películas? – preguntó como esperando algo que yo no pude responder. – ¿estás bien? – inquirió mientras se sentaba en la cama, preocupado.


Cómo si estuviera huyendo de sus preguntas, me paré rápido a buscar mi pijama


— Tenemos que limpiar todo esto – contesté. Diego miraba al rededor y asentía con la cabeza, aunque con el gesto confundido todavía. – Te irás a bañar mientras yo quito las sábanas. Las pondré a lavar. Luego yo me bañaré, nos pondremos un buzo e iremos a la playa a trotar. Antes de irnos dejaremos todo tendido para que se seque luego. Si mi mamá pregunta hoy nos levantamos con ánimos de hacer… No sé, cosas en general y quisimos también limpiar el cuarto por completo y hacer deporte. ¿Captas?


Diego solo respondió poniendo su mano estirada a la altura de su frente, como si fuera un soldado acatando una orden. Reí, y el también. Me buscaba con la mirada, pero yo no era capaz de mirarlo siquiera. Cogí una toalla, ropa interior, buzo y camiseta para él.


— Rápido, tiene que ser antes que despierten – dije apuntando al segundo piso. Él solo obedeció sin más, aunque su gesto era extraño aún, y no lo culpaba. Cuando salió del cuarto no pude evitar mirar sus nalgas redondas, firmes y lampiñas de reojo. Se paró en seco en la puerta, como si fuera a decir algo, pero su cabeza apenas giró un poco hacia atrás. Se arrepintió y siguió su camino.

En mi pecho la presión se hacía insostenible. Estaba siendo cruel con alguien que no lo merecía, más no encontraba otra forma de mantener la distancia, ni la fuerza para decirle la verdad de frentón. Qué más podría hacer un adolescente de apenas 13 años con miedo a perder algo que obtuvo muy rápido.

Volvió al cabo de unos 15 minutos, pero con la ropa en su brazo derecho y la toalla en la cintura. Yo ya había quitado las sábanas, había revisado el colchón – que afortunadamente estaba sin manchas – había puesto sábanas limpias, y había llevado a la lavadora las sábanas sucias. Estaba limpiando los muebles, ya tenía listo el velador, el ropero, y solo faltaba el librero. Sin quitarme los ojos de encima, Diego se quitó la toalla, dejando su miembro a la vista. Mi cara comenzó a arder apenas vi su intimidad colgando. Agaché la cabeza y casi la meto entre los libros. No dejó de mirarme en ningún momento mientras secaba su cuerpo y se vestía. De reojo ví como soltaba un resoplido de resignación mientras sus brazos caían rendidos a sus costados, como si fuera un niño pequeño al que no le compran un caramelo.


— Sacaré las sábanas de la lavadora — dijo con un tono diferente. Su gesto lucía un poco molesto.

Me dirigí a la ducha y me bañé con agua fría. Pensaba en lo rápido que había pasado todo, y en lo rápido que terminaría. No tuvimos tiempo de conocernos antes de pasar al siguiente nivel, y quizás habernos apresurado tanto era lo que me hacía pensar que en menos de tres meses, cuando Diego se tuviera que marchar, todo habría llegado a un climax del que no podría escapar. Esperaba que comprendiera — sin recibir explicación alguna de mi parte — que no hacía esto porque quisiera. Que quería de él y de su cuerpo un poco más, pero no sería capaz de echar en falta todo lo que el tiempo no nos permitiría conocer del otro. Quizás estaba actuando como un adolescente inmaduro, y al final del día, es lo que era.

Salí de la ducha y me vestí en el baño. Diego estaba sentado al borde de la cama, y acariciaba el espacio donde nuestros cuerpos habían estado. Cuando me vió se sobresaltó un poco. En mi pecho la presión era cada vez más grande, latía con fuerza, y un huracán de emociones azotaba cada rincón. Se paró, pasó por mi lado, mirando apenado pero orgulloso. Se dirigió a la puerta principal y salió de la casa. Mientras lo seguía, mandé un mensaje a mi mamá diciéndole que habíamos ido a trotar, y que habíamos dejado listo el aseo de nuestra habitación.

Diego estaba calentando en la entrada. Cuando me vió abrió el portón y comenzó a trotar en dirección a la playa. Apresuré mi trote para alcanzarlo, aunque manteniendo una distancia prudente. El trayecto fue de lo más incómodo. No cruzamos ni media palabra, y el se mantuvo con la vista al frente todo el tiempo. Paramos para descansar cuando llegamos al mar. Diego tenía la vista perdida allá donde el agua parecía caer en un precipicio. El sol le daba directo en el rostro. Desde donde yo estaba podría perfectamente ser la portada de alguna importante revista. Sus ojos se veían más azules que nunca, y su piel sudada brillaba al sol. Su cabello caía desordenado sobre su frente. Se veía más hermoso que los días anteriores.


– Perdón — dijo de pronto, al tiempo que agachaba la cabeza y se metía las manos a los bolsillos.

– ¿Por qué? — Pregunté incrédulo

– No lo sé, explícame tú — su mirada se dirigió hacia mi, y sus manos se revolvían inquietas ahora en los costados. No supe responder, me quedé con la boca abierta, intentando sacar las palabras a la fuerza. — ¿Hice algo mal anoche? Si no te gustó lo puedes decir — el pecho me ardía casi tanto como la cara. Diego estaba expectante, más no obtenía respuesta. — Samuel… Porfavor— dijo con un hilo de voz. Sin poder contenerlo más, las lágrimas comenzaron a inundar mi rostro. Diego me veía atónito y preocupado.

— Te irás — solté al fin — cuando termine el verano te irás, y yo me quedaré acá, y no estoy listo — su expresión cambió ante mi sinceridad — así que simplemente creí que si lo dejábamos hasta acá, todo iba a ser mas fácil después — las lágrimas caían raudas, aunque no había perdido lo compostura. Diego se acercó a mí y me abrazó. No había mucha gente a esa hora en la playa, y nadie nos estaba mirando. Lo abracé también y hundí mi rostro en su cuello. Su pecho se sentía cálido y el sudor no parecía molestar a ninguno de los dos.

— Está bien — dijo con voz queda — si estás mejor así, entonces está bien.

Me sorprendió la madurez de su respuesta, aunque no sonaba nada convencido de lo que decía. Ahora fui yo quien le pidió disculpas, recibiendo una sonrisa cálida de su parte.


Los días siguientes fueron incómodos en todo nivel. Las primeras dos noches, nuestros cuerpos se buscaban en la cama casi por instinto. Los días fríos nos hubiera venido bien el calor de los brazos del otro. Cuando Diego se resfrío (acá el clima cambia drásticamente a veces) me tuve que esforzar para no actuar de manera sobreprotectora. A veces salía yo solo a dar una vuelta, a veces él. Salíamos con los adultos la mayoría del tiempo, y evitamos quedarnos los dos solos en casa. Poco a poco el trato entre los dos se volvió tosco y distante. Nuestras charlas no iban más allá de el almuerzo o la cena, o sobre a quien le tocaba asear el dormitorio. No podía evitar que, cada vez que me masturbaba en la ducha, lo único en lo que pudiera pensar fuera en nuestros encuentros sexuales. Trataba de evitarlo, pero siempre con pésimos resultados. Estaba nadando contracorriente, y aunque Diego intentaba ayudar, su sola presencia me llenaba de cuestionamientos.

Pasó casi un mes desde la última vez que lo habíamos hecho, y exactamente un mes desde que había llegado. Quedaba poco más de otro mes para que se fuera de vuelta a Santiago, y la ansiedad aumentaba con el paso de los días.

Creí que ya estaba, que solo quedaría como unos días de desenfreno en nuestras memorias, quizás de confusión para él, y que cuando fuéramos grandes y nos volviéramos a encontrar, entonces ninguno hablaría ya de nuestro corto e intenso periodo de lujuria adolescente. Pero el caprichoso clima veraniego de por acá haría que las cosas cambiaran nuevamente durante una noche fría.


Continuará.


Es una historia larga, con mucho para explicar, así que lo siento si en algunos capítulos no hay sexo, pero quiero ser lo más fiel a los hechos.


Besos 🙂


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